Entre los diversos recursos técnicos del ferrocarril Huaytiquina
sobresalen sus 11 viaductos, ubicados en los primeros 220
km, de los 571 km que hay
hasta Socompa. El primero es el Toro, que es el más largo, con 260 m, a 23
m de altura sobre el lecho, y el número 14 es La Polvorilla, construido entre
1.930 y 1.932 por la fábrica italiana Monfalcone.
La elegante construcción fue de diseño y realización particularmente difícil por formar parte del último tramo ascendente de la línea antes de Chorrillos. En este punto, los diseñadores se encontraron con la disyuntiva de efectuar un rodeo hacia el norte de unos 15 o 18 kilómetros para sortear esta honda quebrada sin perder un solo centímetro de la altura tan duramente ganada hasta allí, o bien tender un largo puente.
Se trata de
vencer la quebrada por la que corren las aguas de uno de los tributarios del río San
Antonio de los Cobres, quebrada que no sólo es profunda sino también ancha. Como los
rieles se encuentran en plena rampa ascendente hacia el abra Chorrillos, la
construcción del viaducto resultó especialmente complicada: el estribo oeste es
cuatro metros y medio más alto que el apoyo este. Sin embargo, a simple vista no
resulta fácil advertir esta diferencia. Es que todo en esta grandiosa obra asimétrico,
pues además de tener el tablero en pendiente la vía aquí describe una curva y acusa el
peralte (en las carreteras, vías ferreas, etc., mayor elevación de la parte exterior de
una curva con relación a la interior) correspondiente.
Con todo, parece que a pesar del elevado costo resultó más conveniente según los calculistas afrontar esta construcción que colocar 18 kilómetros de rieles en faldeo, sin contar que el rodeo hubiese significado agregar 18 kilómetros o 20 minutos al tiempo de recorrido de los convoyes. El peso de la estructura es de 1.590 toneladas (a guisa de comparación puede mencionarse que la torre Eiffel, de París, pesa 7.000 toneladas). Consta de seis tramos de 14 metros y siete piezas de 20 metros cada una, con una longitud lineal de 223 metros con 50 centímetros. Apoya sobre seis pilas, de las cuales la del medio casi iguala con sus 63 metros (incluido el basamento) la altura del Obelisco de la plaza de la República, en Buenos Aires.
La dirección técnica del armado estuvo a cargo de don Tillius
Hannecke, que lo hizo desde la base hasta la coronación de la
impresionante estructura de hierro acerado. El
único viaducto diferente es el que cruza el río San Antonio, a las puertas de la
cabecera del departamento de Los Andes, es decir San Antonio de los Cobres.
El mismo, construido en 1.928 por León Gubbioni, tiene sus torres opilares, hechos
totalmente de piedras labradas.
El famoso Polvorilla, conocido en todo el mundo a través del servicio turístico del Tren a las nubes, fue fundido en los talleres de la empresa Cosulich, en Trieste, Italia, y armado en una quebrada cercana similar a la salteña. Posteriormente fue embalado pieza por pieza, y transportado en buque hasta el puerto de Buenos Aires.
Emilio Balduzzi y Pedro Bettela, tuvieron a su cargo llevar esos enormes pilares por tierra, debiendo ampliar muchas curvas hasta llegar a la Polvorilla.
Terminado en 1.932,
hubieron de pasar 7 años para su habilitación total, ocurrida el 7 de noviembre de
1.939. La anécdota dramática que contara don Hannecke, ocurrió cundo el maquinista
Varas, elegido entre 3, junto a los ingenieros C. Michaud y M. Pouzol,
realizaron la prueba re resistencia del gigantesco artificio. Cuando la máquina pisa la
estructura el hierro empieza a rechinar, dando la impresión que la espectacular obra se
vendria abajo como un castillo de naipes. Pero el susto pasó, y la máquina quedó 20 cm
más abajo del nivel de entrada, por lo que se debió hacer el rebaje necesario.
Tres mártires tuvo el Polvorilla; el primero un remachador, cuyo nombre no puede ubicarse. El segundo fue Sirilo Nalboa, boliviano, que era ajustador de bulones y que en un descuido se le soltó el cinturón de seguridad y cayo desde 50 metros. El más dramático lo protagonizó un joven polaco, Victorio Mortizewicz, quien antes de viajar a su lejana patria quiso despedirse de la obra en la que estuvo trabajando por dos años. Subiendo por una de las pilas del viaducto, al llegar a los 30 metros perdió pie y se mato. Todos velan desde su sueño eterno, en el cementerio de Mina Concordia, la imponente obra, metida en medio del silencio de los cerros milenarios.
Alberto Dieguez - Salta - 2002